Ayer, 5 de Nov, se cumplieron 5 años de aquel fatídico día, del debut de mi pequeño de 2 añitos. Y no, no vamos a celebrarlo con una tarta ni nada por el estilo, pues no lo siento así; pero sí que he hecho un pequeño parón en la vorágine de nuestro día a día para reflexionar y hacer balance de estos 5 años. Ayer acosté a mi niño como cualquier otro día, le enseñé la foto del día que ingresamos, delgadito, cansado, sentado en la camilla y con una dulce sonrisa en su rostro a pesar de todo. Le dije: “mira cariño, han pasado 5 años de esta foto, ¿sabes qué día fue”? Y entonces se me quedó mirando sin hablar, y yo me quedé mirándole sin hablar también durante unos cuantos segundos. Nos dimos un abrazo y le dí gracias a Dios y a la vida por poder seguir disfrutando de él cada día, de su alegría, de su presencia, de sus avances, de sus logros. Y me sentí infinítamente afortunada por ello. Porque es verdad; haría lo posible por que aquel fatídico día y aquella fatídica noticia nunca hubiera tocado nuestra puerta, y a veces se hace pesado cargar con la mochila, pero cada vez la mochila pesa menos. Porque una vez aceptado, hemos acogido la condición de nuestro hijo con ilusión por hacerlo bien cada día, con esperanza por todos los avances que día a día vemos y con agradecimiento por habernos tocado esta compañera de viaje y no otra. Aquel día nos cambió la vida, sí, pero también ha traído cosas muy positivas a nuestra familia, entre ellas a valorar lo que realmente importa. Gracias hijo mío por enseñarnos tanto cada día.



























