Melanie

El 21 de abril 2014 era mi último día de trabajo. Tras algo más de 5 años en la misma empresa, estaba decidido que por motivos económicos se trasladaban a Hungría. Era una noticia dulce y amarga al mismo tiempo: no había muy buen ambiente en esa empresa, más bien todo lo contrario, pero era una fuente de ingreso y necesaria… Además, unos meses antes había retomado los estudios en la universidad con el fin de estudiar mientras trabajaba y poder así prepararme para un mejor empleo.
Así que de repente me veo, yo persona nerviosa y activa, en casa jugando a la perfecta ama de casa para mantenerme ocupada y no pensar. Me ocupo de mi perro, de las labores de casa, de cocinar, de hacer las compras y de estudiar…En fin, no me dejo ni un minuto para descansar por miedo a ponerme a pensar demasiado y ser pesimista.
De repente voy perdiendo peso. Y pensaron todos “está recuperando el cuerpo que tenía antes”, “ahora tiene más tiempo para cocinar y por eso come más sano”, “quizás el estrés la hacía engordar y ahora como no trabaja pierde peso”… Y empecé a beber mucha agua, yo que solía beber demasiado poco y que los médicos y familiares me recordaban sin cesar que tenía que hidratarme. Llego el momento en que podía beber más de 3 litros de agua al día, que me bebía de un trago el café porque tenía sed, que me paraba en la terraza de un bar para tomar un Nestea en un trago o bien que durante mis paseos tenía que comprar botellitas de agua… ¿Qué extraño? ¿Qué me pasa?
Hoy en día tenemos una herramienta útil y peligrosa a la vez: Internet. Peligrosa porque por supuesto en temas de salud lo mejor es acudir al médico, pero para personas como yo que sin saber porque tienen pánico a los médicos, hospitales, enfermedades… esta herramienta es a la vez útil y a la vez peligrosa por la cantidad y cualidad de información que se puede encontrar, y sobre todo su veracidad. En fin, pensé “voy a mirar en internet los posibles síntomas”. Resultado unánime: ¡diabetes!
¿Diabetes?
Sera una error. No será mi caso.
¿Diabetes?
No. No puede ser. Sigo buscando… Quizás algo a nivel del hígado. Puede ser.
Hablo con mi madre por teléfono y le hablo de la sed y de que en dos meses llevo perdidos unos 14kg. Mi madre me contesta “que extraño, son síntomas de diabetes pero nadie tiene diabetes en la familia.” Y me vi obliga a preguntar algo sobre el ser que nunca hizo parte de mi vida, ese ser que nunca se preocupo de mí y que siempre pensé no tener ninguna necesidad de saber algo de él: mi padre. Le pregunte a mi madre “¿y papa, o alguien de su familia, eran diabéticos?”. La respuesta fue clara: no. Mi familia me decía “¿diabetes? ¡No! ¿Como vas a tener diabetes? Que no, ya verás cómo no. Estas recuperando el cuerpo que tenias antes.” ¿Antes? ¿Cuando hacía mucho deporte, o bien cuando caí en la anorexia?
Acudo por fin al médico que nada más entrar me dice “¡cuánto has adelgazado!”. Pues sí, unos 16kg en menos de 3 meses… Y este me explica que mis síntomas se parecen mucho a un principio de diabetes y por ello me pide una analítica completa.
El 22 de mayo 2014, acudo de nuevo al médico con los resultados. El diagnostico es claro: diabetes.
¿Diabetes?
La cabeza me da vueltas. Parece que me voy a marear. No sé qué decir. Esto es un error.
¿Diabetes?
Nadie en mi familia es diabético. Nunca me han gustado los dulces. Siempre he tenido una buena alimentación. Tengo 29 años. No lo entiendo.
El médico me explica que lo mejor es que vea enseguida un especialista porque es importante que desde un principio me lo expliquen todo bien. Se levanta y se va para verificar que hay una cita libre con algún especialista que me pueda visitar ahora.
¿Qué me explique todo? ¿Qué?
¿Qué hago aquí? ¿Qué pasa ahora? ¿Es grave? ¿Es para toda la vida?
Mi mente no para de hablar pero ni una palabra sale por mi boca. Mi pareja, que me esperaba fuera, me mira y me dice “¿Qué tal?”, yo le contesto incrédula “soy diabética”.
El médico vuelve, me da el nombre del endocrino, la dirección de su consulta y me dice que tengo cita para dentro de una hora. ¿El tiempo vuela o bien se ha parado?
Salgo de la consulta, le explico todo a mi pareja. Me pongo a reír de ello, a hacer bromas de ello, como si todo esto fuera un montaje.
Llegamos al hospital para la cita con el endocrino. Me atienden enseguida. El médico no para de usar términos que no entiendo. Me dice que es un milagro que no esté en el hospital y en un estado grave, que lo extraño es que no haya tenido una cetosis, que seguro que me gusto el hecho de perder peso y que “le cogí el gustillo”, que de ahora en adelante “a cada vez que comes te pinchas”. ¿Me pincho?
La sonrisa se me borra, el rostro se me vuelve pálido, las palabras ya no me vienen, pierdo el sentido de la orientación. No sé donde estoy, porque estoy aquí, no entiendo lo que me dicen, lo que tengo que hacer… El endocrino no me explica nada, no me enseña a pincharme, no me enseña la insulina y me dice que vaya a pedir hora con una educadora y me da una receta para la insulina y un papel con las dosis anotadas. Voy a la recepción para pedir hora con la educadora pero me quedo en blanco delante de la recepcionista. No soy capaz de hablar. Me quedo en blanco o más bien en el vacío, al borde de un precipicio que pronto me tragara. La recepcionista habla pero no oigo nada. Al cabo de un rato le digo “disculpe, perdón, estoy perdida. Estoy completamente perdida.” Ella se encarga de todo y me da cita para una semana más tarde.
Al salir de la cita sigo perdida. Son las 21h y tengo que comprar cosas en la farmacia, tengo que pincharme algo, no sé qué ni cómo pero me han dicho de empezar ya. ¿Y si no lo hago esta noche, y si no hay farmacias abiertas, que me va a pasar? Las preguntas fluyen sin cesar en mi mente, demasiadas preguntas sin respuestas y sin parar. La angustia empieza a devorarme. Al salir del hospital mi pareja empieza a llorar y le da un ataque de ansiedad del miedo provocado por el endocrino que fue muy alarmante y poco tranquilizador.
Cogemos un taxi para intentar llegar a tiempo a la farmacia cerca de casa que cierra más tarde. Llegamos justo a tiempo. No pude comprar todo lo que el endocrino me pedía ya que la farmacia no disponía de todo. Así que nos fuimos para casa con nuestros miedos, nuestras dudas sin resolver, nuestra preocupación, nuestra falta de conocimientos sobre la diabetes… ¿Qué pasara si no me pincho esta noche? ¿Y ahora qué?
Recuerdo que esa noche a penas dormí, sentía los latidos de mi corazón como si este quisiera salir de este cuerpo corriendo tras esta noticia. Toda la noche las mismas preguntas y muchas otras más dieron vueltas por mi cabeza. Cuando me levante por la mañana, parecía que mi cabeza iba a estallar, me sentía mareada, confusa, perdida. Por un momento pensé “Que sueño más horrible he tenido.” De verdad que por un momento pensé que era una pesadilla, solo una pesadilla, un momento imaginario, algo irreal e incluso pude, durante unos segundos, sentirme aliviada. Pero al llegar al comedor, y ver sobre la mesa los papeles del endocrino, comprendí que no era nada imaginario sino que una pesadilla real. Y la angustia, el miedo, las preguntas, el malestar volvieron…
Me sentí sola. Sola frente a algo que no entendía porque me había elegido, que es lo que era exactamente, que es lo que implicaba.
A la semana siguiente, acudí a la cita con la educadora. Esta se quedo boquiabierta al contarle el episodio de la cita con el endocrino. Me explico que no era el protocolo, que me tenía que haber ingresado en el hospital para explicarme lo que es la diabetes, hacerme pruebas, enseñarme lo que son las raciones y la alimentación que debo llevar… A los pocos días después de esta cita, el jefe endocrino me llama tras haber sido contactado por esta educadora. Me pide disculpas por el trato que recibí por ese endocrino y me propone ingresarme unos días en una clínica para poder explicarme todo lo necesario y hacerme pruebas… Yo que les tengo pánico a los médicos y hospitales, prepare mi mochila, cogí un taxi y allí me presente… Necesitaba entender, tener respuestas, explicaciones. Quería cuidarme, hacer lo correcto.
Recibí un trato excelente. Me dieron cariño, información, atención, consuelo, consejos… Hoy me siguen estos mismos médicos y siempre están disponibles. Sigo usando internet pero para buscar contacto con compañeros de esta enfermedad, para buscar en sus palabras consuelo e información.
Ahora mismo creo que lo más difícil de llevar son los nervios. Confió en que pronto pueda superar esta etapa y aprovechar de la vida. Espero de todo corazón poder aprender más sobre la diabetes y poder ayudar de cualquier forma a otras personas en ese momento tan difícil como es el debut. Casi 3 semanas desde esta noticia y me sorprende lo fuerte que puedo ser para no preocupar a los demás, para rápidamente aceptar el tratamiento y haber sido capaz de pincharme sin que nadie me ayude. En esos momentos uno aprende más de sí mismo y de los que están a su alrededor. También es un momento en el que uno se da cuenta de las personas que realmente estarán a su lado en lo bueno y lo malo.

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