Javier

En mi caso se mezclan algunas pocas imágenes con los relatos de mis padres.

Todo debió ocurrir entre los meses de febrero, marzo y abril de 1.968, en torno al nacimiento de mi segundo hermano. Empecé con los síntomas cardinales: poliuria, polidipsia, polifagia, adelgazamiento, astenia… (estos palabros los aprendí luego, más tarde, en las colonias) No controlaba por la noche y me despertaba todo mojado, con el consiguiente disgusto para mis padres que, en ese deseo de normalidad, decían eso de “no será nada y querrá llamar la atención”. Pero, claro, no podía ser bueno y me llevaron al médico de cabecera que me diagnosticó una diabetes un tanto “rara” y me explico: les dijo a mis padres que tenía diabetes pero que tan pequeño le daba lástima ponerme insulina, así que me recetó un antidiabético oral (como se llamaban antes a los hipoglucemiantes) es decir, unas pastillitas. No sé si le daría ahora las gracias y me explico, también: a los pocos días me puse malísimo -luego supimos que era un coma cetoacidótico-, y fuimos directos a la Clínica Puerta de Hierro pues allí ejercía como endocrino el hermano de un compañero de trabajo de mi padre, El Dr. D. Luis Salto Hernández, mi primer salvador (ya jubilado y al que nunca dejaré de agradecer su atención) En seguida me pasaron al Servicio de Diabetes con el Dr Enrique Rojas Hidalgo y después con la Dra Pilar Manzano Arroyo. Sólo tengo agradecimiento para ellos pues, por encima del paciente siempre han visto a una persona y he tenido suerte. Si ese médico de cabecera no hubiera actuado así… ¿me hubiera ido igual de bien?

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